UN SUEÑO HECHO REALIDAD...

Los tiempos cambian, y lo que por eones estuvo prohibido pasó a ser una realidad. El arcángel Miguel observaba con grave silencio cómo sus hermanos, antaño siervos incorruptibles, se aventuraban a probar las dulzuras de la vida terrenal: unos buscaban oficios y empeños propios de los hombres; otros, aún más osados, engendraban descendencia y hallaban gozo en las pequeñas dichas de la carne, sin que el Altísimo mostrase disgusto alguno.Él, sin embargo, permanecía fiel a la severa función para la cual había sido creado: guardián, guerrero, servidor. Mas en el hondón de su pecho —donde la obediencia no alcanza a apagar del todo las llamas del anhelo— comenzó a crecer un pensamiento insólito. ¿Qué sería tener un hijo? ¿Qué sentiría aquel que, más que guardián, fuese padre?Para un ser como él, esa idea era imposible. O… tal vez no lo era del todo.Todo sucedió una noche en la que se quedó plácidamente dormido. No era común en él, pues los ángeles no conocen el sueño como los hombres lo padecen. Sin embargo, el cansancio de siglos le cerró los párpados, y al descender en la penumbra del descanso halló algo inesperado: se vio a sí mismo en un paraje vasto y sereno, donde la hierba se mecía bajo un viento sin origen y el cielo resplandecía con una claridad ajena al sol. Y allí, contra todo pronóstico, halló en sus brazos a un bebé de grandes ojos grises.No era una visión, ni un espejismo. El infante respiraba, cálido, con el peso leve de lo real. Sus dedos diminutos se aferraban a la túnica del arcángel como si de siempre lo conocieran. Y en ese instante, el arcángel supo —con la certeza que traspasa toda duda— que aquel ser no provenía del Altísimo, ni de otro celestial, ni de ningún designio extraño: era suyo. Suyo en lo más hondo, nacido del deseo que no se atrevía a verbalizar; formado en los sueños a través de su propia esencia. Así fue que el guerrero se descubrió padre y por un prolongado tiempo, sintió su dicha.Miguel fue testigo de sus primeros cambios. Cada vez que cerraba los ojos lo hallaba más alto, más despierto al mundo: aprendiendo a andar, a correr, a pronunciar su primera palabra. Con el tiempo, el gris de sus orbes se transformó en un azul celeste, tan semejante al fulgor del lugar donde el arcángel había sido creado, que parecía un eco de su propia esencia.Y tan inmenso fue el amor con que lo sostuvo, que la criatura adquirió autonomía propia. En ausencia de su padre era capaz de recorrer los parajes oníricos por sí mismo, como si la materia del Sueño lo hubiera adoptado por completo. Entonces, sin previo aviso, Miguel dejó de aparecer. Nadie supo explicar el motivo; lo único que pudieron ofrecerle fueron excusas piadosas, palabras vacías que pretendían consolarlo. Él, empero, esperó. Esperó hasta que la esperanza se consumió, y en su pecho no quedó más que ceniza.Pese a que el ser que lo engendró ya no estaba presente, él continuó desarrollándose. Ya tenía apariencia de un joven de diecinueve años —aunque en el mundo despierto apenas habían pasado unas semanas— cuando abandonó toda esperanza. No podía seguir perdiendo su vida anhelando ver a alguien que no iba a volver, y por ello se consagró al servicio de Morpheus, quien le encomendó ayudar a Merv en las interminables labores de mantenimiento del Sueño. Su vida desde entonces fue bastante sosegada, a pesar de que la imagen de su padre nunca abandonó del todo su memoria. Entonces, un día como otros, mientras paseaba por parajes del reino, descubrió una pequeña grieta que jamás antes había visto. Su sexto sentido le decía que debía advertir a su monarca de tal anomalía. Pero él, en su inexperta e impulsiva juventud, escuchó la voz que lo impulsaba a atravesarla. Fue así como, por primera vez, visitó el mundo despierto.Con el tiempo, Lucien, Merv y Matthew percibieron su ausencia. Morpheus, entretanto, se hallaba demasiado ocupado lidiando con el Corintio y sus crímenes en ese otro mundo, que no tuvo instante para advertir que otro más había escapado de sus dominios.Ahora, el niño onírico vaga por un mundo que desconoce, teniendo como único guia su deseo de dar encuentro a aquel que lo engendró para luego abandonarlo. Siente que si lo encuentra, podrá saber por fin por qué no fue suficiente para que se quedara.

EL DE LOS MIL NOMBRES...

Miguel nunca llegó a darle un nombre. Fueron los propios moradores del sueño quienes les brindaron diversas identidades: empezando por Morpheus, que lo llamó “Somnus” tras aceptarlo como uno de los suyos. Un nombre simple y que no le permitía olvidar que después de todo, solo era un sueño. Luego estaba Merv, que entre los diferentes motes por los que suele llamarle mientras trabajan, el que más se repite es “Sarge” (de Sergeant”), ya que después de ser abandonado, no volvió a dibujar una sonrisa en su rostro. Según él, es como un pequeño soldado siempre preparado para la batalla o un sargento. Los demás le siguen la broma sabiendo que en realidad, es un chico calmado y de buen corazón que no se deja ofender por sus bromas. Algunos moradores del cielo, los pocos que saben de su existencia, lo llaman “Halomiel” ( de “Halóm”, sueño en hebreo).A pesar de todo esto no tiene un verdadero nombre, porque aunque acepta que le llamen de todas estas formas, él desea que su identidad sea dada por el mismo que le dio la vida.

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# The Sandman # Lucifer # Supernatural # Good OmensEste personaje está abierto a interactuar con cualquier mundo, sobrenatural o no.